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lunes, 10 de junio de 2013

ESCRIBE MILAGROS SOCORRO

Milagros Socorro

Humillación infinita

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El castellano de Venezuela es hoy una lengua muerta: la sociedad no tiene manera de decir basta. No hay, en el lenguaje o en algún sistema abstracto (incluidas las leyes y las instituciones), forma eficiente de detener esta degradación desenfrenada.

La conversación entre un coronel de las fuerzas armadas cubanas y Mario Silva, sicario de Hugo Chávez, a quien éste encargaba de perpetrar sus asesinatos morales, ha puesto a Venezuela frente a una realidad que el país intentó por todos los medios desconocer: hemos sido ocupados por una impotencia extranjera. Los hijos de los libertadores del siglo XIX hemos sido colonizados por una islita hambreada, presa de una tiranía de más de medio siglo, destino turístico sexual de Europa e incubadora de un patético destino humano: la jinetera y su intrincada red de chulos.

Esta vergonzosa certeza se había mantenido elusiva, pese a la presencia indisimulada de agentes del castrismo en todos los estratos del poder, incluidos las fuerzas armadas, todos los ministerios, los registros mercantiles, las oficinas de extranjería y, naturalmente, los dos jefes del Estado que ha dado el chavismo cuya cautividad de La Habana es evidente en el acento antillano con que hablan. Lo teníamos delante. Era cotidiano, agobiante, abyecto e ignominioso. Y, sin embargo, se mantenía subterráneo.

Ese diálogo de bandoleros que tuvimos que tragar es la evidencia definitiva, la demostración concluyente que no podremos soslayar, de la deshonra que nos tizna. A presenciarlo, con bombos y platillos, nos invitó la oposición democrática, a través de los reiterados mensajes de Henrique Capriles, quien voceaba en las redes sociales como quien empuña un megáfono para publicitar, en las calles de una aldea, la inminente función de circo. Con innecesario y pueril suspenso, la grabación fue anunciada como si se tratara de un logro de la oposición, del país, de algún venezolano, de algo positivo que por fin hubiera ocurrido. Muy lejos de eso, era el reventón de un pozo séptico que en su estallido no sólo dejó pringado al presidente de la Asamblea Nacional, cubierto de insultos y de imputaciones, al Ejército de Venezuela, a muchos altos oficiales de la Fuerza Armada, al Consejo Nacional Electoral, al partido de gobierno, a ciertos directivos de VTV, al Presidente de la república impuesto por el CNE, a la primera dama… no sólo enterró a estos en una montaña de vituperios, sino, lo más importante, es que aplastó al pueblo venezolano al restregarle en la cara su subordinación a los Castro y su soldadesca.

Lo más prominente del monólogo de Silva es la constatación, por boca del gran vocero del chavismo (después de Fidel Castro y Hugo Chávez), de que en Venezuela no se mueve una hoja sin aprobación de los Castro y sin que suponga un beneficio para su régimen. Los recursos de Venezuela, sus instituciones, sus tradiciones democráticas, culturales y espirituales, la dignidad de los venezolanos, lo más sagrado de la república, todo es leña para la hoguera que mantiene tibios los cadáveres insepultos de los Castro. Nuestro país es bodega para el saqueo cubano, con la connivencia, naturalmente, de sus cómplices locales. El Presidente es un bobo que ellos naricean. La industria petrolera es botín que ellos controlan.

No es la primera vez que la tiranía cubana pone en riesgo sus intereses de ultramar por esa necesidad de jactarse del dominio que ejercen sobre otros países. Mucho de eso ocurrió en la isla de Granada, donde se cebaron como garrapatas e hicieron exhibición de su asalto hasta extremos intolerables… O en el Chile de Allende, donde Fidel Castro no sólo distribuyó sus comisionados sino que se instaló por tres semanas, recorrió el país, se permitió manifestar su escepticismo frente a la vía pacífica de Allende y, en el acto de despedida del Estadio Nacional, insultó a la oposición chilena.

Por algún vericueto de su perversa psicología, a los cubanos no les basta ejercer su hegemonía, necesitan aún prendas de vejación. Ya las tienen. No nos han ahorrado afrentas. Tanto se han llevado que también nos han dejado sin las palabras necesarias para consolar el alma lacerada y dar inicio al relato que contribuya a suturar el país malherido.



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